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A las 13:30 del día uno del debate sobre la reforma de Pemex, cuando José Agustín Ortiz Pinchetti, embajador de Andrés Manuel López Obrador, concluyó su discurso con una propuesta de cinco generalizaciones y un tajante “nunca aceptaríamos el agravio de esta reforma”, el debate pareció haber concluido.
El problema es que faltan 22 sesiones y 70 días. Y es que el formato facilitó que desde el arranque, el agresivo presidente del PAN, Germán Martínez, disipara cualquier duda: para el partido y el gobierno federal no hay mucho más que la reforma presentada a principio de abril, pero pescarán lo que puedan en las aguas que les deje libres el PRI. Y que la presidenta del PRI, Beatriz Paredes, recalcara que no aprobarán una reforma que “entregue la renta petrolera a los contratistas y el manejo de las refinerías a los particulares”. Y que el descabezado PRD, sin voz hoy, sin votos suficientes cuando llegue la hora, apareciera como un mero satélite del lopezobradorismo y de voces cercanas, como Cuauhtémoc Cárdenas.
¿Habrá novedades en los próximos 70 días? Difícil. López Obrador lo anticipó: el debate es una vacilada. El PAN ya tendió su ropa, y el PRI sabe que el patio de Xicoténcatl no es el lugar para tratar los temas sustantivos, como sería la creación de nuevas empresas públicas que, se supone eficientes y modernas, no tendrían las cargas y ataduras administrativas, laborales ni fiscales del gigantesco Pemex, y que nacerían para operar refinerías, construir ductos y tal vez trabajar los yacimientos profundos.
En fin, comenzó el debate, el debate a fuerzas. Un martes 13. Para los supersticiosos, y vaya que el caso Pemex está plagado de ellos, día de desgracias y mala suerte.
Fuente: http://www2.milenio.com/node/18173 |